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Moisés no le dijo a David

Hace no mucho, al salir de un monólogo con unos amigos, perdón, no era un monólogo, era una narración, vimos una lona considerablemente grande. De esas que se colocan para cubrir los andamios. Casualmente a los tres nos llamó la atención y Santomé dijo: “¡Mirad, el Miguel Ángel!” Cuando lo que estábamos viendo era el David. Esta frase me hizo gracia y a la vez reflexionar un poco.
Es cierto que fue un error nimio, un pequeño lapsus pero bastante común. El caso es que me hizo pensar en Miguel Ángel, en su extensa obra y en el gran autor que la transciende. Lo primero es volver a la representación de la obra que tenía delante. Poco se puede añadir que no se haya escrito ya sobre el colosal David. Tan colosal que nadie dudaría que podría vencer a Goliat y hasta al mismísimo Hércules. Esta es una estatua que representa a David, el futuro rey israelita, un momento antes de lanzar la honda. Parece que calculando la distancia que lo separa de su enemigo, unos instantes antes de golpearle y cortarle la cabeza para alzarse victorioso. Es una de las esculturas más reconocibles en el mundo y fue Miguel Ángel Buonarroti el que consiguió extraerlo del mármol que lo mantenía encerrado, después de que varios artistas antes que él, no lo lograran previamente con el mismo bloque. Y digo esto porque el “angelito” consideraba que la obra siempre había estado ahí. Que solo había que separar la piedra sobrante para poder gozar de su belleza.
El autor que nos ocupa en esta anécdota de hoy, fue un tanto especial. Bueno, la mayoría lo son, sino qué tipo de artistas serían. Lo que pasa con él es que hizo un buen uso de su posición. Para sí mismo, claro. A lo mejor si le pudiéramos preguntar a alguno de sus contemporáneos no nos dirían que opinan lo mismo. Porque la importancia que tenía era tal que pudo influir en las autoridades para que le otorgasen a él la realización del David, ya que nunca antes había trabajado en su ciudad haciendo un gran encargo y había pensado que ya había llegado la hora.
Fue un artista total. Por lo que encaja perfectamente en la definición de humanista (escultor, arquitecto, pintor…). Pero tan pagado de sí mismo que se permitió el lujo de atentar casi libremente contra las convenciones artísticas de la época. O, por ejemplo, considerar la pintura como un arte menor. ¡Él, que pintó la Capilla Sixtina! O también quitarse mérito al diseñar la cúpula de San Pedro del Vaticano para decir que la verdaderamente buena era Santa María di Fiore, en Florencia, del maestro Brunelleschi. Porque lo que pasaba es que consideraba que el verdadero arte era la escultura.
Por eso, quizás, por considerarlo lo máximo, tuvo un enfado consigo mismo cuando remató el Moisés que preside la tumba del papa Julio II.
Después de un trabajo arduo, extrajo del bloque de mármol otra obra culmen. Se nos presenta a Moisés sentado, pensativo. Con una mirada profunda. Mesándose la barba con una mano mientras con la otra sostiene las Tablas de la Ley. Es una pieza técnicamente sublime. Anatomía perfecta, unos pliegues en su ropa que nos transportan a los clásicos “paños mojados” griegos y una ondulación en la barba que ya la quisieran para sí muchos hipsters. Y tal vez por esto, no lo de la barba, sino el cúmulo de perfecciones, fue lo que desquició al escultor cuando remató la pieza. Dicen las buenas lenguas que al acabar, de pie, en un cara a cara entre “padre e hijo”, el primero, dándole un martillazo en la rodilla derecha al segundo, le gritó: “¿Por qué no hablas?” Y es que saber que había alcanzado la perfección no le sirvió de consuelo. Por ello, menos mal, siguió trabajando muy duro toda su vida dejándonos un legado de verdaderas maravillas.

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