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De Kingsbridge a San Petersburgo

 

Hoy me toca hablar de otro libro. No porque sea el que más me haya gustado o porque el autor se merezca el Premio Nobel de literatura, sino por la manera en la que cayó (casi literalmente) en mis manos.
Para ponernos en situación, esto pasó hace ya algunos años. Tantos que casi prefiero no pensarlo. Lo que tengo claro es que era 8 de enero. Por aquellas Navidades mi hermano me había regalado un libro con algunos monólogos del Club de la Comedia o de Quique San Francisco. De esto ya no estoy seguro pero es irrelevante. Lo que sí es importante es que yo, a ese libro, no le veía futuro en mis manos. Así que haciendo caso de lo que me dijo al entregármelo “si no te gusta, puedes cambiarlo”… allá que me fui yo a la librería Arenas, a cambiarlo.
Y cómo son las cosas, que yo habitualmente voy a la aventura con esto de los libros. Me gusta ojearlos, leer un resumen que muchas veces lo que consigue es liarme, dejar que la imaginación me lleve al interior de sus páginas… y luego me decido por una compra u otra. Cierto que hay autores o temas que en mi caso, como en el de la mayoría, son recurrentes. Pero en esta ocasión, justo en esta ocasión, iba con una idea en mi cabeza. Llevarme El hombre de San Petersburgo de Ken Follett. La razón por la que tenía tan claro este título tiene explicación. Aquel verano me había leído Los pilares de la tierra. Sencillamente genial. Una novela histórica que nos sitúa en la Inglaterra del siglo XII y que se podría resumir muy brevemente, y sin entrar en detalles, como una novela que gira en torno a la construcción de la catedral de Kingsbridge y las luchas de poder entre la corona, el obispado y la nobleza.
Me gustó tanto el libro que indagando un poco sobre el autor, descubro que su punto fuerte es la novela de espías en los tiempos de guerras mundiales y telón de acero. Así que pienso, “si esto no es lo suyo y lo ha bordado, ¡sus otras novelas tienen que romperlo!” Y una de las que hablaban bien era… El hombre de San Petersburgo.
Por lo tanto, retomando el hilo, allí entré yo en la librería aquella mañana de enero a buscar “mi libro”. Y de la misma manera que, como decía antes, me suelo dejar cautivar por los libros y que sean ellos los que me eligen, aquel día fui yo a tiro fijo.
Me dirijo a un estante giratorio de la editorial donde están las publicaciones de Follett. Empiezo a mirar los lomos azules. La isla de las tormentas, Papel moneda, El valle de los leones… Ni rastro de “mi libro”. No pasa nada. He mirado muy rápido. Otra vuelta. Nada. Mala suerte. Así que empiezo a ojear otros autores. Hago un cálculo rápido y decido cambiar el libro con el que entré por Dune de Frank Herbert y Papel moneda y La isla de las tormentas, de Ken Follett. No sin antes echar un último vistazo al estante giratorio y pensar “Lástima, otra vez será”. Así que me doy media vuelta soltando el estante giratorio y me dirijo al mostrador.
Y es en ese instante cuando detrás de mi se escucha un golpe sordo. Un libro que ha caído al suelo. Me digo a mi mismo que yo no he sido. Ya estoy a un par de metros de distancia. Así que continúo. Pero me paro. A quién pretendo engañar. He sido yo. Así que vuelvo. No veo el libro. Está por la parte de atrás. De acceso difícil, ¡ya le vale! Me agacho, busco a ciegas con la mano y consigo alcanzarlo. Un libro de lomo azul. Los pelos como escarpias. Miro arriba y a los lados, buscando la cámara oculta. No veo nada sospechoso. Así que me dispongo a canjear mis libros. Dune, La isla de las tormentas, Papel moneda y… sí, El hombre de San Petersburgo.
El libro me había elegido a mi. Pero yo me fui con una gran sonrisa a casa. Y con “mi libro”.

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